¿Cómo se siente ser extranjera en una clase?

Ser extranjera en una clase es una experiencia que me ha hecho cuestionar muchas cosas sobre mí misma, sobre cómo me ven los demás y sobre cómo me coloco yo dentro de un grupo. Al principio me sentía fuera de lugar, como si todos los demás entendieran un lenguaje que yo aún no lograba descifrar. No se trataba solo del idioma, sino de las bromas, las referencias, las normas no escritas y la forma en la que los demás se relacionaban entre sí. Había momentos en los que sentía que siempre iba un paso por detrás, observando más de lo que participaba, intentando aprender sin llamar demasiado la atención.

A veces incluso me daba miedo levantar la mano. Cuando era yo la que hablaba, sentía que todas las miradas se centraban en mí, como si mi voz representara algo más que una simple respuesta en clase. Ese miedo a equivocarme, a pronunciar mal una palabra o a no expresarme como los demás, hizo que durante mucho tiempo evitara hablar en público. Prefería el silencio antes que el error. No fue hasta entrar en la ESO cuando poco a poco empecé a perder ese miedo a hablar delante de otras personas, ya fueran compañeros de clase, alumnos de otros cursos o incluso profesores. Ese proceso no fue inmediato, sino el resultado de muchos pequeños intentos y de enfrentar poco a poco esa inseguridad que me acompañó durante años.


Ser extranjera también significa, en muchas ocasiones, sentirse diferente incluso cuando nadie lo dice explícitamente. A veces son miradas, comentarios aparentemente inocentes o preguntas repetidas sobre de dónde eres “de verdad” las que te recuerdan que no encajas del todo en la imagen que algunos tienen de lo que es “normal”. En mi caso, siempre he tenido mucha suerte a la hora de hacer amigos. Nunca he tenido problemas serios, más allá de que algún niño que no me conociera me llamara “chinita”, algo que en su momento no sabía muy bien cómo interpretar ni cómo gestionar. Aunque muchas veces esos comentarios se dicen sin mala intención, dejan huella y te hacen sentir que hay algo en ti que siempre va a destacar, incluso cuando solo quieres ser una más.

Todas las personas con las que me he encontrado y con las que me he juntado han sido muy valiosas y han dejado una huella en mí. Me han cuidado, me han respetado y me han ayudado a sentirme parte del grupo. Aun así, no fue hasta secundaria cuando realmente empecé a perder el miedo a “protagonizarme”, a ocupar espacio sin sentir culpa. Empecé a decirme a mí misma que valgo lo mismo que los demás, que todos vamos a fallar y cometer errores y que equivocarse forma parte del aprendizaje. Entender esto fue un punto de inflexión muy importante para mí, porque dejó de darme vergüenza ser quien soy.

El cambio fue casi inmediato. Desde el primer día que entré en la ESO parecía otra persona completamente distinta. A día de hoy no sé exactamente cómo lo conseguí, pero siempre le doy las gracias a la niña que fui entonces, porque tuvo mucho valor. Decidió enfrentarse a sus miedos y dejar de esconderse, aunque eso significara exponerse un poco más.



Un nuevo cambio importante sucedió cuando entré en la universidad. Es cierto que ya había mejorado mucho en etapas anteriores y que había aprendido a abrirme más con las personas de mi alrededor, pero seguía siendo bastante introvertida y me costaba hacer nuevos amigos. Tendía a quedarme en mi círculo seguro, en lo conocido, porque ahí me sentía protegida. Sin embargo, la universidad era un entorno completamente nuevo: personas nuevas, espacios nuevos y ninguna red previa de seguridad. Ahí entendí que, por necesidad y también por comodidad, tenía que socializar y atreverme a mostrarme tal y como soy.


Decidí entonces convertirme en la persona más extrovertida que pudiera, aunque no fuera algo que me saliera de manera natural. Antes, aunque fuera un lugar nuevo, conocía a muchas personas por pertenecer al mismo pueblo, pero la universidad suponía empezar de cero. Una vez más, tuve muchísima suerte. Desde el primer día conecté de forma inesperada con un grupo de chicas que, a día de hoy, son mis mejores amigas. Aunque ya no esté con ellas a todas horas por el cambio de carrera, seguimos hablando durante horas de todo lo que se nos ocurre cada vez que nos vemos. Cuando les conté que en realidad no siempre había sido así, que no era extrovertida ni me gustaba especialmente socializar, no se lo podían creer. Para ellas no tenía nada que ver con la chica que conocen hoy en día.

Mirando atrás, esta experiencia me ha hecho reflexionar profundamente sobre el papel de la educación y del aula como espacios de acogida. La escuela no es únicamente un lugar donde se aprenden contenidos académicos, sino un entorno clave en el que el alumnado construye su identidad, su autoestima y su manera de relacionarse con los demás. Para un alumno o alumna extranjera, sentirse observado, diferente o inseguro puede influir directamente en su participación, en su aprendizaje y en su bienestar emocional.

Por ello, considero fundamental que el profesorado sea consciente del impacto que tiene el clima del aula. Pequeñas acciones, como fomentar un ambiente de confianza, normalizar el error como parte del aprendizaje o dar tiempo y apoyo a quienes tienen más dificultades para expresarse, pueden marcar una gran diferencia. Ofrecer distintas formas de participación, utilizar apoyos visuales y valorar todas las voces ayuda a que ningún alumno sienta que debe esconderse o permanecer en silencio por miedo a equivocarse.

Asimismo, creo que la diversidad cultural y lingüística debe ser entendida como un recurso educativo y no como un obstáculo. Visibilizar las diferentes lenguas, experiencias e identidades presentes en el aula no solo beneficia al alumnado extranjero, sino que enriquece al grupo en su conjunto, fomentando la empatía, el respeto y la convivencia. Cuando el alumnado se siente representado y valorado, aumenta su seguridad y su implicación en el aprendizaje.

En mi caso, cada vez que me preguntan cómo me he sentido por ser extranjera, siempre digo que me he adaptado muy bien y que he sido muy afortunada. Soy consciente de que no todas las personas viven esta experiencia de la misma manera y conozco otros casos en los que el proceso ha sido mucho más duro. Por eso valoro tanto el camino que he recorrido, las personas que me han acompañado y todo lo que he aprendido. Ser extranjera me ha enseñado a ser más empática, más fuerte y más consciente de la importancia de crear aulas inclusivas, donde nadie tenga miedo de hablar, de equivocarse o de ser quien es.


Comentarios

  1. has sido muy valiente y, aunque no te conozca bien, me alegra mucho saber que ahora te cueste menos relacionarte con los demás y hablar delante de otra gente. sigue así!!!!

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  2. Muchas gracias por contarnos tu experiencia, realmente la diversidad de nacionalidad es un tema que a veces dejamos de lado cuando no deberíamos dejarlo de lado.

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